Cuando sufrimos complejo de culpa, nos culpalizamos de cualquier situación de manera irracional e injustificada; si ha salido algo mal, seguro que nosotros somos los culpables; si hace tiempo que no nos llama un amigo, será porque le hemos ofendido…¿Consecuencia?

Transferimos la amargura de nuestra culpa a otras personas, manifestando sentimientos hostiles e hirientes hacia ellas; nos sentimos siempre con la obligación de disculparnos por lo que no poseemos, por no considerarnos con derecho a tener nada, y estamos convencidos de que estamos defraudando las expectativas que otros han puesto en nosotros, no cumpliendo con los roles requeridos o esperados y no ajustándonos a lo que creemos que los demás esperan de nosotros.

Somos muchos los que fuimos criados bajo este sistema de creencias emocionales castigadoras, siendo condicionados desde muy temprana edad a sentirnos emocionalmente mal bajo ciertas condiciones.

Alguno de los sistemas psicológicos de culpabilidad que empleamos en nuestra vida son los siguientes:

1. Culpabilidad residual

La culpabilidad residual es aquella aprendida durante nuestra infancia, puesto que los padres la suelen utilizar a diario para manipularnos con reproches como: “No te voy a querer si haces eso de nuevo” o “Deberías sentirte avergonzado de esa actitud“. Estas frases pueden hacer eco en nuestro “Yo Adulto” en figuras como jefes o imágenes paternales, también se puede evidenciar en nuestras relaciones de pareja, donde salen a la luz reproches del pasado. Este sentimiento de culpa se refleja en nuestro intento persistente por conseguir la aprobación de estas figuras.¡Nos estamos quejando!

2. Culpabilidad autoimpuesta

La culpabilidad autoimpuesta no está necesariamente conectada con nuestra infancia. En este caso, las personas se sienten inmovilizadas por asuntos experimentados durante la madurez, auto imponiéndose una culpabilidad causada por no seguir el “Comportamiento adulto” o el “código moral adulto“. La persona puede sentirse mal anímicamente durante un prolongado tiempo, a pesar de que el dolor de la culpa no pueda hacer nada para cambiar la situación. Esto se ve reflejado en nuestras discusiones con alguien o al realizar un comportamiento contrario a la “normalidad” de los demás. ¡Nos estamos quejando!

Recordemos que la preocupación es un sentimiento que te inmoviliza en el presente por algo que aún no ha sucedido y tal y como lo dice su palabra pre (antes) ocupación, significa antes de alguna ocupación, por lo que debemos de enfocar nuestra actitud en ocuparnos de las adversidades antes que preocuparnos.

Nuevamente todo comienza con la errónea idea de que la preocupación está estrechamente relacionada con el amor y la importancia que le damos a los demás, esto se puede evidenciar en frases como: “Me preocupo porque te quiero” o “Debes preocuparte por tu futuro“. Pero la preocupación no tiene ninguna relación con el amor o la importancia que realmente tienen los demás en tu vida, puesto que esta emoción lo único que provoca es ansiedad y sufrimiento en nuestra vida.

¡No vayas de víctima!

Esa actitud lastimera puede perjudicar nuestra relación con los demás. A nadie le gusta que estemos  a expensas de lo que los demás piensen de nosotros continuamente.

Si probamos a ser nosotros mismos, comprobaremos que la gente nos aprecia mucho más.

Para abandonar emociones negativas como la culpa y la preocupación debemos de comprometernos por vivir nuestro momento presente. Aprender a vivir en el ahora nos ayuda a no desperdiciar nuestros momentos con pensamientos neuróticos y a poder ver la vida de una manera más constructiva y racional.

Ahora que ya tienes una mayor noción sobre el sistema psicológico que existe detrás de estas emociones negativas, serás capaz de trabajar mejor con tus emociones en pos de un desarrollo personal, serás menos manipulable y estarás más comprometido con tu propia felicidad.

¿Puedes? ¡Ponte a ello! ¡No puedes? Te ayudo!

 

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