“Non shortcuts”, sin atajos. Esta expresión que he escuchado recientemente en una serie me ha hecho reflexionar. Solemos querer forzar y adelantar las cosas. Queremos que nuestros hijos tengan un título de C1 en inglés y un B1 en francés, un título superior en el conservatorio, un cinturón en Judo o Taekwondo; en definitiva, queremos que nuestros hijos muestren una excelente madurez con 12 o 14 años. O incluso antes. Parece ser que queremos que estén “listos y preparados” antes de que alcancen su mayoría de edad.

¿Puedes parar un momento? ¿Te das cuenta de la locura?

El caso es que no podemos forzar el aprendizaje, ni el amor, ni la madurez. No nos queda otra que pasar por cada etapa en el camino de la vida. En todo, en absolutamente todo.

Para conectar amorosamente con una persona hace falta capacidad de conectar con uno mismo, hace falta compasión y perdón con uno mismo. Para aprender, hace falta pasar por cada etapa, tanto en el aprendizaje como en la vida misma; dando los primeros pasos, pronunciando las primeras palabras, andando antes de correr.

Y aunque no nos gusta reconocerlo, no terminamos de madurar al cien por cien, posiblemente nunca. ¿O tal vez con 100 años? Quién sabe, no muchos llegan a esta edad para poder contarnos.

Seamos sinceros. Aún nos duelen nuestras historias de la infancia, tanto que a veces cuesta no salir a pegar gritos o hacer añicos todo lo que nos rodea. Las heridas infantiles, cuando alguien logra tocar la herida que aún sangra, nos vuelven semi monstruos. De hecho, cuando alguien mete el dedo en una herida ¿quién no pega un grito? Exactamente así ocurre con las heridas internas, invisibles y a veces protegidas por toda una armadura creada con nuestro carácter, nuestra rigidez, nuestra postura corporal, nuestra musculatura.

Siento anunciaros que el camino hacia una vida más libre, más fluida, más feliz y amorosa no tiene atajos. Mientras que sigamos protegiendo nuestro interior ante las personas que amamos, no podremos recibir su amor. Así es como tantas veces no nos sentimos amados, ni reconocidos, y no nos creemos que la suerte, Dios o los ángeles existan. Yo tampoco lo sé. No sé si puedo confiar en un ser divino que me guíe o proteja, no sé si puedo confiar en la vida. Y mi amada tampoco lo sabe.

¿La solución? No hay atajos.

Habrá que comenzar a caminar, aprender a andar, aprender a hablar, a escuchar, a comprender. Y experimentando, probando, errando, mejorando, perdonando y tomando notas; aprender a caer y volver a levantarse.

Esto es aplicable a todo, tanto a las relaciones humanas, a nuestro crecimiento como personas o como profesionales, así como al aprendizaje de todo tipo de destrezas: creativas, deportes, bailes. ¿O acaso se aprende a bailar el vals leyendo o escuchando las instrucciones? No, ¿verdad? Sabemos que se aprende bailándo. Learning by doing, como se dice en inglés.

Exactamente de la misma manera se aprenden idiomas también. Practicando, sin atajos. Unos necesitan más tiempo que otros. ¿Qué tiene de malo? Pero practicando se aprende. Estudiando libros y libros no se aprende un idioma. Más bien lo contrario, de tanto leer teoría se olvida la importancia de la práctica. Y no se aprende. Nunca. Hablar un idioma es relacionarse, expresarse, preparar el cuerpo para poder pronunciar sonidos “extraños”, y asimilar palabras para poder usarlas en situaciones reales de comunicación.

Vuelvo al aprendizaje en la vida. Al famoso “crecimiento personal” que está de moda. Muchos “life coachs” nos quieren enseñar cómo madurar, crecer, ser más feliz. Nos gusta la idea, pero queremos atajos. No queremos sufrir, no queremos llorar, no queremos sentir. Lo mejor sería una pastilla o una varita mágica que nos quite el dolor y nos convierta en la persona que queremos ser.

Pero no, lo siento. No hay atajos. ¿Y sabes qué es lo mejor de todo esto? Una vez que te das cuenta de que el camino es la verdadera meta, sabrás que eso es vida. Nada más. Ni nada menos. Y sin atajos.

¿Puedes? ¡Ponte a Ello! ¿No Puedes? ¡Te Ayudo!